Mira los ojos

-Buenos días¡.

Eres mi primer pensamiento de la madrugada. Qué recoveco supiste encontrar para instalarte en mi cuerpo!. Sí, estás en él. Te siento y no puedo desprenderte.

Modificaste mi realidad. No voy a darte el gusto de sugerir que cambiaste el mundo para ofrecérmelo. No voy a darte tanto poder. Modificaste mi realidad y me encerraste en ella.

Conozco las cuatro estaciones que giran ordenada y rítmicamente. Dibujan tus rasgos que mis sentimientos veneran.

La primavera te trae vigoroso y radiante. Tu pelo rizado era un aura que te enmarcaba. Las mangas cortas ponían una cenefa a tus musculados donde buscaba cobijo. Incorporé los niquis a mi vestuario luchando con la vergüenza de perfilar mi naciente pecho.

El domingo era el heraldo de un estrenado mundo. Cambié la misa impuesta por el fútbol donde glorificabas el número siete en tu espalda. Aquí si experimentaba el éxtasis. Mi cuerpo temblaba viéndote recibir el balón y jadeaba con tus carreras.

Por primera vez sentí ser mujer. Ya entonces supe que estabas en mi interior.

El verano era sol y calor. Me compré un bikini que nunca me puse. Tú eras el destinatario. Siempre lo descartaba en el momento de salir a tu encuentro. Qué tonta me veo. Si eras el único destino de mi vida.

Tengo grabado el día que me llevaste a un arroyo. Me descalzaste en una invitación a cruzarlo. No sé cómo me quitaste los calcetines, pero sentí se me abrían las carnes, mi cuerpo me abrasaba. El agua no calmó el ardor y pisar la hierba fue una ensoñación. Es otra costumbre que me fijaste y siempre me trajo tu recuerdo.

El otoño era tranquilidad y lluvia. Cuántas vidas y viajes vivimos en el viejo cine del barrio.  Aseguradas mis manos en las tuya hice míos todos los amores y aventuras. El cine es otro rito que me inoculaste.

El invierno era frío y abrigo, pero mi cuerpo estaba expectante. Cómo olvidar tu triquiñuela de llevarme al parque en el que tenía aposento aquella viejecita que asaba castañas en un remedo de maquina de vapor!.

Depositabas el botín en mi abrigo con la excusa del frío reinante. Lo aceptaba sumisa porque sabía que tus manos irían a buscarlas y que en este lance mi cuerpo experimentaría un placer pleno.

Qué poder emanaba de ti!.

Todos los inviernos cumplo con la romería de las castañas asadas. Su olor me trae tu presencia. No puedes ser más real.

Debo decirte que no todo era perfecto. Me desorientaba tu desmedida afición a las pizzas. Te mostrabas muy rústico. No era ese tu natural. Sobre todo cuando las colmabas de anchoas. Parecías un patán.

Pero lo que no pude superar es que no me miraras a los ojos cuando me hablabas.

  • Hola!. Soy yo!. Estoy aquí!.- te decía – A quién miras?.

Me sentía perdida, sola, pequeñita.

No pude superarlo.

Hoy hace cincuenta años y aún sigues viviendo en mi cuerpo.

 

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La sombra de ese paseo

La sombra de ese paseo siempre le incitaba a deslizarse sobre el agua como un pato.

Era una imagen recurrente.

Y muy evocadora. Le gustaba la idea a pesar de su miedo al agua.

La toma de conciencia de esa contradicción le divirtió en un primer momento, pero el no tener una explicación comprensible hizo que anidara

en su interior una leve voz que fue tomando cuerpo como lo sabe hacer la sospecha.

Se consideraba una persona satisfecha y feliz. Un buen observador del comportamiento ajeno. Sabedor de las triquiñuelas que la gente inventa para dar una razón creíble a sus vidas.

Le agradaba conversar. Se divertía poniendo a sus amigos en un brete, le fascinaba lo sencillo que era llevar el tema a situaciones límites y le maravillaba los recursos que utilizaban para liberarse del apuro.

En cualquier caso no apuraba la situación y permitía la salida airosa. No era su intención mostrar superioridad ni causar molestias.

Era una persona equilibrada y madura. Su juicio recto no estaba al albur de veleidades caprichosas. No era como los demás.

Pero no podía dejar de pensar en la gracilidad de los patos sobre el agua, cómo sumergían la cabeza sin mojarse, la gotas de agua resbalaban mansamente por el plumaje sin penetrar en él.

Recuerda la incomodidad que le producía el agua. En la playa se resistía a bañarse: –“Está muy mojada” era su respuesta más común.

Qué delicia poder zambullirse y que la piel tuviera un manto especial que repeliera el agua. Entonces sí que me bañaría en la playa. Y con cuanto placer!.

Por muchas vueltas que daba a su recién descubierta preocupación no lograba dar con ningún nexo que lo explicase.

Pero machaconamente le venía a la memoria unas palabras que le repetían sus amigos como si fuera un mantra:  Mójate de una vez, caramba!.

El que esconde

Utiliza el bolígrafo como, seguramente, lo hace con el cuchillo de trinchar.

Su determinación parece surgir de la definida mandíbula. Unos ojos inquisitivos leen las letras que brotan con la tranquilidad que emana de su cuerpo satisfecho.

Es feliz escribiendo las manifestaciones del amor.

Siente que el mundo está hecho de amor porque Dios es Amor y todas sus obras son las diversas facetas del amor.

El amor es jolgorio y disfrute. La encanta descubrir el mundo, sus misterios y agradecérselo al creador.

Se agranda su amor cuando trata con la gente y les proporciona consuelo. El saberse útil le supone una alegría limpia y serena.

La existencia de esta novicia ha trascendido los muros del convento. Su alegría, su ilusión, su afán de aprender es conocido por sus superiores que no escatiman medios para formar a quien con tanto deseo lo recibe.

Disfruta mucho con los escritos que le han ordenado escriba. Servirán para ser leídos y comentados por otras novicias y monjas.

Los estudios y lecturas que ponen a su disposición la ayudan a descubrir los diversos subterfugios que dispone el amor para sentirlo crecer en su mente.

Cada vez es más consciente que la vida es amor. Pero no siempre eran amor los hechos de sus maestros.

Este conocimiento no la perturba. Tiene una clara conducta a seguir y no la limitan los obstáculos.

Cree firmemente en el Dios de Amor y sólo a él se confía en la otra versión de amor que ha descubierto.

El amor no tiene barreras y sabe encontrar puertas y resquicios.

Agradece con todo corazón a Dios que le ha mostrado la cara terrenal de su inmenso Amor espiritual del que goza.

Rememora el fibroso cuerpo, el dulce aliento, los leves quejidos del muchacho que tan afanosamente brega por penetrarla.

Ella siente una inmensa explosión en sus entrañas cuando se encuentran ambos amores y se unen.

Dios existe

 

 

 

 

Mi gran dia

Llegó por fin el gran día.

Día tan largamente esperando. Me parecía que toda mi vida había sido una espera de ese día.

Toda mi mente estaba pendiente de lo que iba a suceder de un momento a otro.

Estaba expectante, ansioso. Ni siquiera me preocupé  descubrir si fui yo, realmente, quien la conquistó, o fui tomado como elección

Ni lo sabia,ni me importó.

Solo me bastó  con saber que, por fin, iba a follar con una chica.

No era la cursilería de hacer el amor: Era follar con una chica guapísima y esto es lo único que me importaba.

No me molestó  que me encerrara en una pequeña habitación del ático. Me dijo que vinieron unos amigos, que les dará suela y subiría conmigo.

Agradecí la presencia de una pequeña televisión. Di un montón de veces  la vuelta a todos sus canales.

En un canal de naturaleza se veía como copulaban los leones. Cada pocos minutos se ofrecía insinuante la leona y el león se montaba teniendo precaución de no recibir una dantellada en en el momento final. Era un buen prólogo a mi misión, pero no quise que me condicionara. Proseguí cambiando.

Más me agradó un fragmente de una película de Peter Sellers que vi años atrás. Hacía de detective, pienso, y seguía a un personaje que en un momento determinado tomó un taxi. Inmediatamente entró en otro y pidió al taxista que siguiera al primero con prontitud. La cara impávida de Peter mientras salía el taxista y corría tras el taxi fue una de las escenas más graciosas que recuerdo del cine. Me agradó verla. Me pareció un preludio de buena suerte y me relajó mucho en mi espera.

Seguí cambiando canales. Los programas de horóscopos me parecían tontos y para tontos, además me daban sueño.

Hubo una película que me hechizó. No sé si por el colorido o por el tempo, como diría un petulante. Era solemne el paseo de la florida novia del brazo de su padre entre los bancos de la adornada iglesia. Me intrigó el cambio de expresión en el rostro de la novia. Una voz en off explicaba que muchos de los invitados, allí presentes, habían muerto. Lo entendí cuando llegó ante el novio y mostró los punzantes colmillos. Era una tonta peli de vampiros!

Encontré una peli porno propia de esa hora. Decidí apagar la tele. No vaya a ser que me emocionara y acabara desgastándome. Debía  mantenerme íntegro, pensé, un gatillazo sería una vergüenza imperdonable.

Decidí concentrarme y relajarme. Prepararme para mi ansiada entrada al nuevo mundo. Pronto sería mi despedida de la virginidad.

Hoy, que rememoro aquel aciago día, sigo sin saber dónde o de qué  quejarme.

Sí. Me dormí. Pero tenía fácil solución. Que me hubiera despertado.

Me martiriza la sospecha de que estuviera lo suficientemente satisfecha como para despertarme.

No me dio otra oportunidad.

Me temo no he dejado de ser el panolis que fui en aquella ocasión.

 

 

La miopía, recuerdo de la muerte

Somos lo que comemos, dicen. Me parece una tontería. Somos lo que somos y basta. Nadie puede escapar de la materia de la que estamos hechos.

Me siento ligado a aquel niño, a aquel joven al que llegan todos mis recuerdos.

Me veo en edad escolar, debe ser segundo de bachiller, lo deduzco por el lugar en que me encuentro, un pupitre trasero desplazado a la derecha.

No acierto a recorrer los caminos que me llevaron al comportamiento tan inusual que alcancé, según me dicta mi memoria.

El caso es que me veo mirando la lejana pizarra a través de un pequeño agujero que lograba abrir mi puño cerrado.

Este sorprendente comportamiento me permitía borrar la nebulosa que rodeaba las letras y reconocer claramente los signos desplazando el agujero por la pizarra.

No sé qué absurdos motivos decía a mis compañeros, soy consciente de haberlos dicho. Posiblemente recurrí a poderes especiales. Lo asombroso, ahora lo pienso, es que no hubo rechazo de mis compañeros, ni burlas.

Hoy me intriga esa ausencia.

Deduzco que hubo conversaciones del maestro con mis padres pues mi madre me llevó a una óptica, las madres pueden ser magas pero dudo que hubiera alcanzado el conocimiento sin ayuda del maestro.

Creo recordar la óptica donde me llevaron. Me dieron las gafas que me correspondían con las que mostraba una figura intelectual, como me repetían.

Sin embargo yo estaba ausente de estos avatares. Me dejaba llevar pasivamente por los exámenes pertinentes.

Recuerdo en toda su viveza el momento que entré en casa con mis gafas recién estrenadas. Mi semblante era el de un reo condenado a muerte.

Cuando me vió mi hermano se rió señalándome con el dedo y diciendo: Cuatro ojos!.

Seguí inmutable hasta mi habitación donde por fin di rienda suelta a mi lloro. Fue mi primer llanto de adulto.

Gracias a mi imperfección me di cuenta de mí vulnerabilidad.

Las gafas era la imagen de la muerte.

 

OBSCURIDAD

– Hola! Hay alguien? Por favor! – una voz lastimera, implorante se habría paso por la espesa negrura de la oscuridad.

– Buenas noches, compañero. Te invito a un descanso en tu vagar.

– Al fin alguien! Cómo te llamas?

– Qué previsible eres! Qué servicio te ofrece saber mi nombre? Lamento que el astuto Ulises se apropiara el llamarse Nadie. Mejor no tomarlo prestado.

– Estás ciego?

– No lo sé.

– Te ríes de mí infortunio. No contestas a mis preguntas.

– Observo tu infortunio y tu pesar. No me río. Y no sé si estoy ciego. No veo, es cierto, pero ignoro la causa.

– Pero si no ves es que estás ciego.

– No malgastemos esfuerzos en matices, amigo. No vemos. Es la realidad.

– Qué será de nosotros?.

– Esa es una buena pregunta. Obviemos la parte de nuestra subsistencia, pues como has podido comprobar, está cubierta.

– Quién nos suministra los alimentos?

– No lo sé.

– Dios?

– Puedes creerlo si te place.

– Tú qué crees?

– No lo sé. Pero te digo que lo que no sé no lo llamo Dios.

– Es terrible esto que está pasando. Terrible.

– Terrible?. Distinto, diría yo. Las necesidades son otras en este momento.

– Pareces un filósofo.

-Todos nos volvemos filósofos ante la adversidad, si no religioso.

– Tengo miedo.

– Por eso te vuelves religioso.

– Cuales son nuestras necesidades?

– Quizá nuestra necesidad primera es conocer nuestras necesidades.

– Te burlas, como siempre.

– No es tiempo de burlas, amigo. Ignoro si esta situación será permanente. Han pasado muchos por aquí buscando sin saber qué buscar. Debían saber que no lo encontrarían.

– Tú qué buscas?

– No lo sé.

– Eres como los demás.

– Si. Soy como los demás. Soy sólo un hombre, pero la solución la busco en mi. Es un problema mío. No recurro a satisfechos dioses.

– Qué raro eres!.

– Acaso no te gustaban las ideas de quienes protestaban de los peligros de una sociedad consumista que busca sus objetivos en tener en vez de en ser?. Pues helo aquí. Han desaparecido los componentes del tener. Estamos desnudos frente a la vida.

– Sigues siendo raro.

– En tu opinión qué se deberia hacer?

– Que enciendan la luz!

– Y que vengan los dioses. Así ha estado la humanidad en permanente espera.

– Tú no das una solución, sólo  hablas.

– No conozco una solución. La busco. Por cierto, para qué necesitas una solución?

– Tonterías, solo dices tonterías. No ves qué está pasando?.

– Perdona, quise decir, qué clase de solución buscas. Qué esperas de la vida. Si puedes concretarme algo de tus deseos.

– No sé qué quieres saber.

– Lo sabes desde el principio. Sabes que te estoy enfrentando contigo mismo, sacar a la luz tus miedos. No deseas la felicidad?. Alguien definió la felicidad como la ausencia de miedo.

– Sólo dices tonterías. Mejor sigo adelante. Necesito salir de esta obscuridad.

– Si ese es tu camino, adelante. Todos los demás han seguido adelante. Pero si encuentras la luz recuerda que puede ocultar los verdaderos problemas.

 

EL CAMELLO – MILAGROS ALONSO

El corazón le latía a doscientos por hora, no podía dormir. Antes de acostarse había oído decir a su padre que ese año había sido un año de puta madre y que esperaba que por fin “el Rey” aceptara su invitación.

Lo cierto es, pensaba el niño, que una visita de los Reyes en persona sería un punto. Y eso que estaba seguro que lo del año anterior no lo habían hecho con mala intención. Posiblemente les pasaba como a mama, que las tecnologías no eran lo suyo.

El año pasado, recordaba, en lugar de la tablet que había pedido le dejaron una tableta de chocolate. Aunque se montó tanto revuelo que cuando consiguió llegar al árbol, haciéndose un hueco como pudo, ya no quedaba ni el papel. Al menos habían dejado otro paquete con su nombre escrito y un tren que, aunque no era el que salía en la tele, ¡funcionaba!, no como el que le habían regalado por su cumpleaños.

Este año, para que no hubiera lugar a dudas, había escrito la carta con más detalle, incluyendo la marca y el modelo de la tablet y, si además era cierto que los Reyes iban a aceptar la invitación de sus padres, podría explicarles en persona lo que había ocurrido el año anterior y así les quedaría bien claro lo que quería.

Estaba feliz, este año lo iba a conseguir y, con este pensamiento, aunque le costó, finalmente se quedó dormido.

Su padre y su tío seguían fuera, sentados a la puerta, fumando, escribiendo su carta, construyendo su particular castillo en el aire.

– Colega, si consigues que Melchor te escuche lo tendremos. ¿Te imaginas?, ¡”el Rey” de socio! Controlaremos cada gramo que circule por el barrio. Seremos los putos amos.